El referéndum sobre la independencia de Cataluña: ¿por qué? ¿para qué? ¿cómo?

En mis conversaciones, el debate que peor llevo, el que más me cuesta, es el que se centra en el tema del referéndum. Quizá porque es un tema que me parece tan de sentido común en una democracia del siglo XXI, que me resulta difícil entender que se cuestione. Y la mayoría de mis interlocutores tienen todo tipo de dudas y prevenciones. En gran parte a consecuencia del déficit de debate público que hay fuera de Cataluña sobre esta cuestión ¿Por qué se ha de hacer un referéndum? ¿Y por qué sobre la independencia? ¿por qué votan sólo los catalanes? ¿Por qué ahora? ¿No puede esperar?  ¿es constitucional? ¿es legal?

Os aseguro que me entran ganas de contestar simplemente ¿y por qué no? Me parece increíble que gente demócrata -y todos mis interlocutores lo son, creo-  cuestione la utilidad o conveniencia de hacer un referéndum. Me parece evidente que cualquier grupo humano tiene derecho a preguntar sobre un tema que considere relevante para afrontar su presente o planear su futuro. Y considero que preguntar a los ciudadanos es la única manera de tener un mapa fiable de cuáles son sus preferencias y opciones. Es decir, de tener la base principal para proponer cualquier hoja de ruta política. Si la política, ¡claro está!, es gestión de los objetivos y expectativas de una sociedad.

Y si el tema es tan crucial como que una comunidad política se plantee separarse del Estado al que se está vinculada, la necesidad de confirmar la existencia de una mayoría social que apoya este objetivo político me parece irrenunciable. No se me ocurre una mejor garantía democrática para un proceso político (llámesele de secesión o de independencia) de esta envergadura, que empezarlo confirmando que tiene el aval mayoritario de los ciudadanos.

En un artículo de octubre de 2012, Francisco Rubio Llorente lo explicaba con claridad y contundencia:

“Lo urgente, lo inaplazable, es verificar la solidez y el contenido de esas aspiraciones y para esto no hay otro camino que el del referéndum.

Si el nuevo Parlamento respalda la consulta debe presentar una proposición de ley orgánica. Muchos piensan, o pensamos, que éste debería hacerse aunque la Generalitat no lo hubiera pedido. Hace algunos meses en EL PAÍS y pocos días en La Vanguardia, dos intelectuales distinguidos y nada sospechosos de simpatías nacionalistas, Ruiz Soroa y Francesc de Carreras, han reclamado la convocatoria de un referéndum, en el País Vasco el uno y en Cataluña el otro, para verificar si la voluntad de independencia existe, desarmar a los nacionalistas si esa voluntad no tiene la amplitud y solidez que ellos le atribuyen y sobre todo para abrir un debate que, antes de decidir, ilustre a los ciudadanos sobre el significado real de la independencia, sus ventajas y sus inconvenientes. Pero si lo ha pedido —es inexcusable hacerlo, por dolorosa que sea para muchos españoles (entre los que desde luego me cuento)— la idea de una España sin Cataluña.

Si una minoría territorializada, es decir, no dispersa por todo el territorio del Estado, como sucede en algunos países del Este de Europa, sino concentrada en una parte definida, delimitada administrativamente y con las dimensiones y recursos necesarios para constituirse en Estado, desea la independencia, el principio democrático impide oponer a esta voluntad obstáculos formales que pueden ser eliminados.” Un referéndum para Cataluña, Francisco Rubio Llorente, El País, 4 de octubre de 2012

¿A qué ciudadano le puede venir mal un referéndum? De verdad que por muchas vueltas que le doy, no soy capaz de encontrar una razón o un motivo. Otra cosa seria preguntar ¿a qué político o responsable institucional le puede venir mal? O ¿a qué organización, partido, institución, entidad… le puede venir mal? Pero esto último sería una reflexión distinta a la que pretendo hacer en este post.

Sólo hay una explicación que, en algunos casos, me parece que puede justificar las reticencias ante el referéndum: si se olvida o se ignora que éste es, sea cual sea la vía por la que se convoque, consultivo. Por el tono con que algunos -tanto los favorables como los contrarios a la independencia- hablan del resultado de la votación, parece que este tendría efectos jurídico-políticos inmediatos. Si fuera así muchas de las prevenciones serían más que razonables. Sin embargo, cualquier ciudadano medianamente informado que se pare a pensar sobre el tema, descubrirá que lo único que aporta el resultado del referéndum es un dato objetivo sobre el que poder trabajar políticamente. Nada más, ¡y nada menos!

Y lo que ya me parece indefendible democráticamente y hasta surrealista, es el debate sobre el “cómo” que pretende condicionar o neutralizar el “por qué” y el “para qué” del referéndum. Son todos esos discursos que empiezan por el “yo referéndum sí” y se apresuran a matizar “pero según como se haga”. Aquí yo, que soy una persona que tiendo a ser bien pensada, me veo asaltada por sospechas de todo tipo.  Me encantaría pensar que la preocupación por el cómo es una preocupación sincera, honesta, por las garantías democráticas de transparencia, fiabilidad,… de la convocatoria y de la realización del referéndum. Pero me temo que la mayoría de estas preocupaciones son en el fondo intentos de boicotear, por la vía de los condicionamientos legales, la posibilidad de preguntar a los ciudadanos de Cataluña. Quizá es que me estoy volviendo demasiado susceptible…

Entiendo que haya ciudadanos que no quieran la independencia, ¡sólo faltaría!, pero no que haya ciudadanos que no quieran que se vote. Quizá piensan que si no se vota la reivindicación desaparecerá como por arte de magia. Me temo que no… Es más me temo que las estrategias de negación de la realidad, como en otros muchos ámbitos de la vida, pronto se convertirán en callejones sin salida.

Los ciudadanos de Cataluña llevamos más de dos años manifestándonos para pedir un referéndum sobre la independencia. Las encuestas y sondeos hechas por todo tipo de medios, tanto catalanes como españoles, confirman que entre un 70-80% de la población quiere votar. La responsabilidad de los gobiernos de España y de Cataluña es hacerlo posible. Y hacerlo posible incluye buscar las vías legales para hacerlo. Si la legalidad vigente de nuestro Estado de derecho no tuviera mecanismos para ello, la preocupación para mí sería cómo podemos los ciudadanos aceptar sin más ese déficit democrático. Para tranquilidad nuestra, juristas e instituciones del sistema judicial español han explicado que es posible convocar el referéndum dentro del marco legal vigente, y que concretar el cómo es un tema de voluntad política.

Llegados hasta aquí, agosto 2014 -casi dos años después de las elecciones autonómicas de 2012 en las que los partidos favorables al “derecho a decidir” obtuvieron una mayoría parlamentaria amplia- los ciudadanos de Catalunya queremos votar. Consideramos necesario que esté claro, y cuánto antes, el dato de cuál es el apoyo social que tiene la opción de la independencia. Es imprescindible para poder afrontar, con garantías políticas, una hoja de ruta que abra en Cataluña un futuro diferente al mantenimiento sine die del statu quo. Este es nuestro “por qué” y “para qué”.

Por eso en el “cómo” aceptamos, en general sin mayor problema, la única opción legal que hoy nos puede ofrecer el gobierno de Cataluña: una consulta convocada según la Llei de consultes no refrendàries (Ley de consultas no refrendatarias). El cómo nos parece secundario, en tanto que instrumental, si se respeta el por qué y para qué, el objetivo fundamental: preguntarnos a los ciudadanos de Cataluña sobre nuestro apoyo a la independencia.

Algunos, muchos más de los que se cree, hubiéramos preferido un referéndum acordado con el Gobierno de España y aprobado por el Congreso de los Diputados. Pero esta opción ni está ni se la espera. En dos años sólo ha habido negativas por parte del Gobierno a abrir un diálogo que pudiera permitir llegar a un acuerdo sobre el referéndum. Y el Congreso de los Diputados votó por abrumadora mayoría en contra de la petición presentada por el Parlament de Catalunya de autorización del referéndum vía artículo 150.2 de la Constitución Española. El argumento principal de la negativa es una interpretación restrictiva de la Constitución que bloquea de origen cualquier intento de propuesta de referéndum, afirmando taxativamente que es inconstitucional. Supongo que con el inconfesado deseo de que eso acabe convenciéndonos  a los ciudadanos de que nuestros “por qué” y “para qué” son ilegítimos porque son inconstitucionales.  Pero va a ser que no…que no nos podrán convencer.

Javier Pérez Royo lo apuntaba ya en un artículo de julio de 2013:

“Aunque parezca increíble, el presidente del Gobierno está dando a la estrategia independentista en Cataluña una respuesta similar a la del caso Bárcenas. Políticamente el problema no existe y, en consecuencia, el presidente del Gobierno no tiene por qué abordarlo expresamente y dar una explicación a la opinión pública. La independencia de Cataluña, como el caso Bárcenas, es un asunto de tribunales, que, en su momento, dirán lo que tengan que decir. (…)

…en lo que toca a la independencia de Cataluña, esa manera de proceder es suicida. Cataluña no es Bárcenas. La integración de Cataluña en España no es un asunto de tribunales. Es la cuestión política más importante con la que tienen que enfrentarse la sociedad española y su Estado constitucional. No puede tener una respuesta exclusivamente judicial. La posición de España no puede reducirse a la sentencia del Tribunal Constitucional.

Porque en tales circunstancias no puede no crecer la mayoría social catalana contrapuesta a la mayoría social española en lo que a la integración de Cataluña en España se refiere. Y 2014 es un año clave, en el que van a coincidir la celebración de los 300 años de la derrota que rememora anualmente la Diada, la celebración del referéndum en Escocia y el comienzo del ciclo electoral con la celebración de las elecciones europeas. ¿Es tan difícil imaginar lo que va a ser la Diada de 2014?” Cataluña no es Bárcenas. Javier Pérez Royo, El País, 5 de julio de 2013

El próximo 11 de septiembre los ciudadanos de Cataluña volveremos a salir masivamente a las calles a decir que queremos votar el 9 de noviembre de 2014, a reivindicar que queremos #ConsultaSIoSI.

PD: si después de este post, que me ha salido más largo de lo que conviene, todavía tenéis ganas de leer y pensar sobre el tema:

Un referéndum para Cataluña, Francisco Rubio Llorente, El País, 4 de octubre de 2012

http://elpais.com/elpais/2012/10/03/opinion/1349256731_659435.html

Un referéndum que nadie quiere, Francisco Rubio Llorente, El País, 11 de febrero de 2013

http://elpais.com/elpais/2013/02/01/opinion/1359716070_365196.html

Cataluña no es Bárcenas. Javier Pérez Royo, El País, 5 de julio de 2013

http://politica.elpais.com/politica/2013/07/05/actualidad/1373040603_617042.html

¿Se puede apoyar un referéndum de secesión sin ser independentista? Ignacio Sánchez-Cuenca, Eldiario.es 3 de octubre de 2012

http://www.eldiario.es/agendapublica/blog/puede-apoyar-referendum-secesion-independentista_6_52554748.html

El dilema de una federalista: ¿España federal o independencia de Cataluña?

Como os podréis imaginar la segunda parte de las conversaciones con mis amigos y conocidos de fuera de Cataluña –las que empiezan con las preguntas que os comentaba en el primer post- tiene como tema central: ¿y eso de la independencia, qué? Pero ¿de verdad que va en serio? ¿y tú estás a favor?  Ya hace meses que decidí empezar por contestar en directo, olvidándome del tiento y la prudencia con la que intentaba suavizar el impacto las primeras veces; “sí, lo de la independencia va en serio; y sí, yo estoy a favor”.  Y si veo que el interlocutor aguanta bien añado: no sólo estoy a favor de la independencia de Cataluña sino que participo activamente en el proceso que ya se ha iniciado para conseguirla.

He comprobado que empezar expresando con claridad y sin subterfugios mi opción, a pesar del riesgo de que suene demasiado fuerte, tiene sus ventajas. La primera ventaja, y la más importante, es que sólo permite seguir la conversación si los interlocutores están dispuestos a hacer un esfuerzo de control de sus sentimientos -desconcierto, estupefacción, sorpresa o incluso indignación- y escuchar las razones y motivos de mi decisión. Si no es el caso, se cambia de conversación y ¡tan amigos! También me he encontrado familiares y amigos que reaccionan, ¡desde el principio!, con interés en positivo y con admiración por la calidad democrática que observan en el proceso de Cataluña, pero son los menos.

A todos ellos les he podido explicar cómo he resuelto el dilema que da título a este post: ¿España federal o independencia de Cataluña? Dilema del cual ya saben, ya sabéis, la solución por la que he optado, y sobre el que sólo falta saber el método que he seguido para resolverlo.

El dilema da para un debate público político muy complejo, en el que no entraré en este post, y también es un dilema que se nos plantea a nivel personal a muchos federalistas que somos ciudadanos de Cataluña. Desde este nivel, el personal, explico cuál ha sido mi proceso estos últimos años. He comprobado que esta manera de explicarlo es la que me ha puesto más fácil hablar con diversidad de interlocutores desde la honestidad y el respeto a las opciones de cada uno. A continuación os lo resumo.

derechogobernarseMafalda

 http://www.quino.com.ar/

Viví con interés e ilusión el proceso de reforma del Estatut de Catalunya (2006). Me parecía una buena manera de encontrar un marco jurídico-institucional útil para dar respuesta a las reivindicaciones políticas de Cataluña. Y también estaba convencida que sería un gran paso adelante en la transformación del Estado de las autonomías en un Estado federal. Un sistema federal que articulase de manera satisfactoria para todas las partes, “nacionalidades y regiones” según el lenguaje de la Constitución Española, la diversidad de la realidad política del Estado español.

La primera crisis en mis convicciones federalistas llegó con el recurso contra el Estatut interpuesto por el PP ante el Tribunal Constitucional y se agravó con la sentencia de junio de 2010. Una crisis doble por el contenido y por la forma. Por el contenido, porque me parecía increíble que el Tribunal Constitucional pueda utilizar la Constitución para negar la realidad política de Cataluña y las reivindicaciones legítimas que se derivan del ejercicio de su soberanía. Por la forma, porque me parecía un escándalo democrático que un Estatut aprobado en el Parlament de Catalunya y en el Congreso de los Diputados, en los cuales reside la representación de la soberanía popular, y refrendado por los ciudadanos de Cataluña en referéndum –todos los procedimientos democráticos establecidos por la Constitución- pudiese ser mutilado de esa manera por un tribunal. Me parecía que era un desprecio a los ciudadanos de Cataluña y a sus instituciones de representación democrática que llegaba a extremos insoportables. En la manifestación de  julio de 2010, y en las semanas siguientes, empecé a pensar que eso de la España federal era un proyecto político mucho más complicado de desarrollar de lo que yo pensaba. También empecé a escuchar a mis amigos independentistas con otros oídos, ellos proponían otro camino que, poco a poco, iba dejando de parecerme improbable o quimérico.

Esta crisis, sin embargo, no me hizo cambiar de opción en el dilema. Yo seguía dispuesta a trabajar por avanzar hacia un estado federal. En la medida de mis posibilidades participé en procesos de reflexión y de propuestas en este sentido. Propuestas de reforma federal de la Constitución que permitiesen articular el reconocimiento de la plurinacionalidad del Estado y que reconociesen del derecho a la autodeterminación. Todo esto desde el convencimiento de que la búsqueda de la salida a la situación de bloqueo político en que había quedado Cataluña pasaba, necesaria e ineludiblemente, por plantear una reforma constitucional de ese tipo. Hasta que llegó la segunda crisis.

Poco a poco me fui dando cuenta de que los actores institucionales y políticos que tenían la responsabilidad y la capacidad de dar una respuesta a la situación de Cataluña para nada avanzaban en la línea de la reforma federal del Estado. Es más no sólo no avanzaban sino que no veían siquiera la necesidad de hacerlo. Y lo más flipante: parecían convencidos de que el statu quo se podía mantener en el tiempo indefinidamente. Esta segunda crisis fue peor que la anterior, y sobre todo fue definitiva: me obligaba a plantearme seriamente si tenía sentido seguir esperando una España federal. Comprobar que en España no había ni la mayoría político-institucional ni la mayoría social que necesita un proyecto de este tipo para salir adelante, me llevo a tener claro que trabajar esa vía era trabajar en balde. Podía ser interesante como ejercicio intelectual o de debate, pero en la situación de Cataluña corría el peligro de convertirse en una manera de aceptar pasivamente el statu quo o de esperar, más o menos confortablemente, a que ocurriera un milagro.

Y mientras procesaba esta crisis, a la vez participaba en la movilización social y política que reclamaba el derecho a decidir. Una reivindicación que crecía en todos los ámbitos sociales y políticos en los que me muevo. Una reivindicación encabezada y animada por aquellos que defienden que hay una vía para trabajar por un futuro para Cataluña: la independencia. Participé en la manifestación del 11 de septiembre de 2012 todavía pensando que compartía con los que la convocaban sólo el deseo de cambio y la reivindicación de que eran los ciudadanos y ciudadanas de Cataluña los que debían decidir su futuro, el futuro de su país. Pero sin sentirme parte activa del proceso de independencia, lo viví como una ciudadana que simplemente aceptaba democráticamente una propuesta política que estaba consiguiendo un apoyo social mayoritario. Las elecciones de noviembre de 2012 y la Via Catalana de septiembre de 2013, y todo lo que vivimos en Cataluña en esos meses acabaron de ayudarme a resolver mi dilema. Si había una opción para que Cataluña consiguiera sus objetivos políticos yo quería participar activamente en hacer todo lo posible para que fuese una realidad, y esa opción era la independencia. El proceso ya estaba en marcha, alentado por una ciudadanía activa y representado en el Parlament por unos partidos políticos dispuestos a trabajar y arriesgar para que siguiese adelante. Y así es como me pregunté a mi misma ¿y por qué no? Y decidí aprovechar la oportunidad que me ofrecía la suerte de ser ciudadana catalana en estos momentos de mi vida.

Y aquí me tenéis con mi dilema resuelto y en pleno activismo proconsulta. Supongo que llegados hasta aquí no hace falta deciros que el 9 de noviembre próximo votaré Sí-Sí y que este 11 de septiembre participaré en la “V”. Ahora sí plenamente convencida de que la independencia es la vía para empezar a construir, desde la democracia y la participación de todos, un nuevo país ¿Hay una mayoría de ciudadanos de Cataluña que quiere esto? La mejor forma de saberlo: la consulta del 9 de noviembre de 2014.

¿Qué hace una española como tú en una Cataluña como ésta?

Con este post inauguro un blog que quizá os parecerá un poco raro, pero os aseguro que nace como respuesta a una experiencia que se ha repetido en los últimos meses. Cuando algún amigo o conocido de los que no viven en Cataluña me pregunta cómo me va, lo hace con ese tono, o ese comentario, que da a entender una preocupación: “lo debes estar pasando mal”, “debe ser complicado para ti vivir en Cataluña en este momento tan independentista”, “como española seguro que te sientes marginada”,… En resumen; ¿cómo puede ser que sigas queriendo vivir allí? ¿no estás deseando irte? Yo he decidido tomármelo con humor y traducir mentalmente estas preguntas -que intuyo detrás de los comentarios- por ésta: ¿qué hace una española como tú en una Cataluña como ésta? Parafraseando la célebre ¿qué hace una chica como tú en un sitio como éste?

Y la respuesta que me sale espontáneamente siempre es del tipo: que ¿qué hago? Pasármelo bomba, disfrutar de la experiencia, agradecer la suerte que he tenido. Quizá os sorprenderá, como a la mayoría de los que reciben esta respuesta en una conversación, pero os aseguro que no os engaño.

Vivir en directo la experiencia del proceso de cambio político de fondo de una sociedad es apasionante. Una comunidad política que asume, de una manera abrumadoramente mayoritaria, que tiene derecho a decidir su futuro político y que está dispuesta a luchar por él por todas las vías democráticas que tiene a su alcance. Una ciudadanía movilizada que hace activismo en la calle, que se organiza y que abre multitud de foros de reflexión y debate. Y unos partidos políticos, la mayoría de ellos, que han asumido con valentía la gestión política e institucional de este proceso que está en marcha. ¡Qué más puedo pedir! para una apasionada por la política como yo es un regalo y una suerte.

Evidentemente, en medio de estas dinámicas, se generan tensiones y conflictos -como en cualquier proceso de cambio-, pero todos se han resuelto, se resuelven, y es previsible que sigan resolviéndose por vías democráticas.

Los ciudadanos que vivimos y trabajamos en Cataluña, la inmensa mayoría, vivimos todo esto como un proceso propio, un proceso del que somos parte activa todos -en igualdad de condiciones-, independientemente de cuál sea nuestro origen o nuestra lengua materna. Como es obvio sentimientos y posicionamientos hay de todo tipo, una gama con toda la diversidad que se puede imaginar, sobre todos los temas en debate y sobre la cuestión clave: independencia sí o no.  Unas posiciones que son el resultado de preferencias personales y de las opciones ideológicas políticas, y que no tienen que ver, en la gran mayoría de los casos, con el origen o la lengua que se habla.

Por eso yo, que soy y me siento española, vivo con ilusión este proceso político y participo activamente como ciudadana de Cataluña. Por eso defiendo activamente que la mejor vía democrática, la que da más garantías de participación a la ciudadanía es votar en una consulta el próximo 9 de noviembre. Hoy faltan exactamente tres meses. ¿Qué votaré? Creo que por lo que he explicado ya se intuye, pero prometo contarlo en otro post.